Desde hace pocos años se ha multiplicado la actividad deportiva, turística y de ocio en la montaña en sus diferentes versiones. Esto ha llevado a una presencia cada vez mayor de personas que lejos de tener hábitos para ello descubren un mundo de aventura que acaba en un rescate por accidente cuando no en la muerte.
La forma de vida actual y la velocidad a la que vivimos nos hace perder la perspectiva de la prudencia. Hoy todos corremos con Alonso en su Ferrari o todos subimos los ochomiles desde la butaca del salón y eso provoca inconscientemente una pérdida de control de nuestras acciones.
Cada año se incrementa en número de accidentes y rescates en la montaña. Excursionistas adjetivados como domingueros, monitores aficionados al mando de grupos de niños o barranquistas inconscientes son algunos de quienes hinchan esta cifra. La mayoría de ellos evitables si se aplicase un poco de sentido común.
En España, este país que parece que todo aguanta pero que ya se acaba, los rescates imprudentes (la gran mayoría) salen gratis. Los accidentes de gentes de la montaña o montañeros avezados son escasos y en caso de haberlos siempre hay un seguro de accidentes detrás de ellos; seguros que suelen ser muy asequibles y que cubren todo tipo de contingencias (con poco más de 100 euros se puede recorrer el mundo). El debate sobre el cobro de estos auxilios a accidentados en zonas de montaña se acaba al pasar la frontera natural del Pirineo y se llega a Francia. Allí el rescate lo cubre un seguro de accidentes o lo pagas de tu bolsillo. Se calcula, grosso modo, que en España cada rescate suele costar al erario público más de 3.000 euros la hora. Hay asuntos de seguridad o de sanidad básica que deben ser indiscutiblemente gratuitos y universales pero hay otros, los caprichos, que deberían de estar más cotizados; bien por un seguro o bien por el pago de los costes.