Atávicos
Si una mañana cualquiera abriesen los medios de comunicación sus informativos y rotativas con la noticia de que en un país lejano se celebraba una costumbre ancestral, consistente en soltar por un desfiladero una camada de leones encorriendo a los aborígenes y que, de cuando en cuando, un león se comía a un nativo, pensaríamos que algún tornillo les faltaba a los habitantes de ese punto del orbe. Quizá, y tal como va el mundo, la historia haya que contarla pronto al revés; veremos y oiremos como los nativos persiguen a los leones para zamparse alguno y llenar así sus distraídas tripas.
Sin ir tan lejos podemos mirar a Pamplona y a un santo, San Fermín (que no su patrón) que también tiene dudosa profesionalidad dejando de cubrir a algún mozo con su capa siendo éste, herido o corneado mortalmente por el astado del encierro.
La rematadera de la crónica suele ser el obituario del muerto a quien, justificando semejante suceso enmarcado en el atavismo, se le suele rendir con hipérboles los más sonados méritos.
No es fácil sacar de golpe, de la mochila de los genes, algunas actitudes innatas en el homo sapiens pero no es menos cierto que hay que intentarlo si queremos dar pasos adelante en un mundo más sensato, dando prioridad al intelecto ante los ritos antediluvianos.