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Incendios y falta de reflejos

La capacidad de reacción en la Administración aragonesa se ha vuelto peligrosa. Las primeras reacciones ante la falta de decisiones para frenar el incendio en Sos apuntaban a una sola dirección: no tocaba.

Al margen de saber si ha sido o no intencionado el incendio, cabe  resaltar que el hábito de la quema de material orgánico en el campo, además de perjudicial y peligroso, siguensiendo una costumbre muy arraigada; por ello hay que poner la máxima prevención por aquellos que ejercen legalmente esta labor y por aquellos que deben velar para que no vaya a más el fuego en caso de su mal uso. Muchas voces hablan del modo de atacar   este incendio en su inicio como un asunto funcionarial y de procedimiento burocrático, cuando es bien sabido que los primeros momentos de actuación son decisivos para  controlarlo y que no  vaya a más.

La distraída  maquinaria propagandística del Gobierno de Aragón daba a las pocas horas de su inicio una cifra que rondaba las 25 hectáreas, mientras que otras fuentes, quizá más cualificadas y más profesionales, daban ya datos de 500 hectáreas.

Este dato, dando por hecho la ausencia de mala fe, demuestra la “operatividad” de la DGA a la hora de afrontar el problema. Operatividad que sí se da a la hora de nombrar medios y recursos que han tardado horas en llegar y, ahora sí, apagar el fuego.

Tras el inicio de un incendio nada es previsible pero si se debe dar la sensación de intentar hacer todo lo posible para controlarlo. Ese mensaje no ha llegado con la claridad que necesita la sociedad y vuelven a surgir voces “sotto voce”  de no ser operativos al cien por cien en este negociado de las ascuas. Las penúltimas pruebas fueron en  Valmadrid y San Gregorio.

Solo queda una cosa clara: otras 1.000 hectáreas de pino que han desaparecido en una zona fuertemente castigada por el fuego.

 

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